jueves, 17 de noviembre de 2011

Kowloon: un armonioso estado de anarquía, corrupto, insalubre y muy aglomerado


La ciudad fortaleza de Kowloon es una ciudad tan compacta que más que una ciudad se parece a un gran lingote dorado lleno de oquedades y surcos.

 Kowloon sirvió de fuerte y puesto de vigía contra los piratas de la región que en el siglo XIX (dinastía Song) amenazaban el comercio de sal. Enclavada dentro de la próspera Hong Kong, pasó a tener estatus de ciudad en 1842, cuando el gobierno chino consideró que, a pesar de haber cedido Hong Kong a las autoridades británicas, debía contar con cierta presencia en la región (algo así como lo que representa Gibraltar en la actualidad).

 En aquella época, Kowlon apenas tenía una población de 700 personas. Conquistada por los japoneses en la Segunda Guerra Mundial, Kowloon fue demolida en gran parte, y prácticamente la totalidad de la muralla del fuerte fue desmantelada para construir con sus piedras el cercano aeropuerto de Kai Tak. Al terminar la guerra, la ciudad se convirtió en refugio de las pandillas más peligrosas de la isla y también de las mafias, las tríadas. Kowloon, entonces, empezó a operar bajo sus propias leyes callejeras, al margen del resto del mundo, como una especie de Amazonas de cemento y cristal en la que incluso el Lee Marvin de Doce del patíbulo o el sargento Hartman de La chaqueta metálica tendrían serias dificultades para poner un poco de orden.



 Ni siquiera la policía de Hong Kong se atrevía a entrar en la ciudad, lo cual es sumamente significativo: la ciudad más o menos iba hacia adelante sin autoridad, sin ley escrita. Un ejemplo de esta “autogestión” lo encontramos en cómo la gente limpiaba la ciudad: los habitantes de los pisos superiores barrían hacía el piso de abajo, el del piso de abajo hacía lo mismo y así sucesivamente. El resultado era que los pisos inferiores tenían una gran cantidad de polvo, además de abundancia de ratas y cucarachas. No es de extrañar, pues, que sus habitantes se refirieran a la vida en Kowloon como un “armonioso estado de anarquía”, donde campaban a sus anchas los fumaderos de opio, los traficantes de cocaína, los casinos, los puestos de comida donde se servía carne de perro y las fábricas secretas donde se falsificaban toda clase de productos.

 Pero también donde la mayoría de gente vivía siguiendo normas tácitas de convivencia.

 Un dato muy curioso es que en Kowloon ejercían muchísimos dentistas, cuyos precios asequibles (debido a que operaban sin licencia) atraían a clientela que incluso vivía fuera de la ciudad. Aunque yo no me fiaría de un dentista que trabaja en unas condiciones higiénicas propias de un prostíbulo de carretera.

 Así era Kowloon. Un micromundo insalubre y corrupto dentro de una ciudad próspera como Hong Kong. Un limbo pseudolegal. Un lugar de perdición y pecado que recuerda vagamente a la Sin City del cómic de Frank Miller. Posiblemente el único lugar del mundo donde se puede comprar cola de dragón o cuerno de unicornio como sustituto de las medicinas de farmacia.

 A mediados de los años 1970, Kowloon empezó a crecer desproporcionadamente. Pero no podía hacerlo a lo ancho si pretendía respetar el territorio original, el cual se extendía en un espacio de apenas 100 por 200 metros de área. Así pues, creció hacia arriba (aunque nunca más de 14 pisos, para no entorpecer el tráfico aéreo de la vecina Hong Kong, cuyos aviones suelen pasar rozando las azoteas de los edificios: allí, el Reglamento de Circulación Aérea permite que los aviones pasen a una altura inferior de 100 metros del punto más elevado situado en un radio de 600 metros, cuando en España, por ejemplo, ese límite se establece en unos 300 metros).



 De este modo, fue comiéndose poco a poco el espacio de las calles y las plazas, que fueron empequeñeciéndose cada vez más. La ciudad, superpoblada y atestada de edificios y de cosas en general, era una masa indescifrable de construcciones, estrechísimas calles, pasillos y puentes. Las calles más anchas apenas tenían 1 metro de anchura. Literalmente, toda la ciudad pasó a ser un único edificio. Y esto también explica que unos edificios tan precarios se mantuvieran en pie: se apoyaban unos sobre otros, nuevos edificios se construían en las azoteas de los antiguos, todo se levantaba un poco al azar.

 Con 50.000 habitantes, pues, Kowloon tenía una densidad de población claustrofóbica: 1,9 millones de habitantes por kilómetro cuadrado. Nueva York tiene 91 personas por hectárea; Kowloon tenía 13.000 personas por hectárea. La gente que circulaba por la calle, entonces, debía parecer de lejos una melé de Rugby.

 De esta manera, proporcionalmente, Kowloon era diminuta si tenemos en cuenta todo lo que albergaba. Como si una gran ciudad de repente se hubiera comprimido al ser aplastada por sus cuatro costados con gigantescas planchas de acero. Y seguramente sus habitantes la consideraban así, pequeña, apretada, asfixiante, masificada… protectora como la concha de una tortuga. Un lugar donde pasaban tantas cosas diferentes simultáneamente que bastaba dar un paseo por sus calles repletas de estímulos para solucionar cualquier problema de déficit de atención.



 El único espacio físico que quedaba a salvo de esta planificación urbanística un tanto turulata fue aquel en el que estaba enclavado el templo de Tin Hau, construido en 1951, en el centro de la ciudad. Pero la altura de los edificios que lo rodeaban fue tal que el templo siempre permanecía en las sombras y hasta se protegió su estructura con una rejilla para impedir que la basura y los fragmentos de toda clase de cosas cayeran sobre él.

 Por si no fuera suficiente semejante caos arquitectónico, marañas inextricables de cables y tuberías cruzaban como telarañas todas las calles y ocultaban todavía más los pocos resquicios que se mantenían libres y que permitían contemplar un fragmento de cielo. Esto era así a causa de una norma que se estableció sobre la instalación eléctrica: debía estar al descubierto a fin de poder abordarla en caso de incendio.

 No en vano, Kowloon era conocida como “la ciudad de la oscuridad”: la poca luz de la que disfrutaban sus calles procedía exclusivamente de enfermizos fluorescentes. Por lo tanto, no era buena idea poner una planta de exterior en cualquiera de las calles de Kowloon, porque en pocos días moriría.

 Es ciertamente irónica la existencia de este caos urbanístico justo a una ciudad como Hong Kong, ciudad armónica por excelencia, que incluso fue construida siguiendo las leyes del Feng Shui, que valora los recorridos del chi, las direcciones cardinales o la geomancia; más todavía: los edificios más emblemáticos de Hong Kong se asientan en lo que llaman Vena del Dragón, que procura no impedir el paso de los dragones hacia el agua.

 Para decepción de los turistas ávidos de aventuras, China y el Reino Unido firmaron un acuerdo en 1987 que ponía fin a la grotesca existencia de Kowloon. Tras un proceso de varios años e interminables negociaciones con muchos de los habitantes que se negaban a abandonar sus casas, la ciudad fue evacuada y demolida entre 1991 y 1992. La ciudad miniaturizada desapareció del mapa y su lugar fue ocupado por un inmenso parque de estilo tradicional chino, el Kowloon Walled City Park, provisto de jardines, fuentes y lagos inspirados en el arte de la dinastía Qing. Su única construcción, ahora, es una pagoda.

 Antes de que la ciudad fuera demolida, sin embargo, se aprovechó el escenario para rodar algunas películas, como Bloodsport, protagonizada por Jean-Claude Van Damme o Crime Story, de Jackie Chan, en la que incluso aparecían escenas de explosiones reales. Dos periodistas, Ian Lambot y Greg Girard, tomaron en esos días multitud de instantáneas recopiladas en su libro City of Darkness: Kowloon Walled City. Un grupo de japoneses estuvo más de una semana recorriendo todos los rincones de la ciudad para confeccionar un mapa detallado del lugar. En la novela El mito de Bourne, de Robert Ludlum, el agente secreto Jason Bourne también protagoniza una espectacular persecución por las angostas calles de Kowloon (aunque por razones obvias, la adaptación cinematográfica rodada muchos años después ya no fue posible ambientarla en Kowloon). El paisaje de Kowloon también inspiró a videojuegos como Shenmue II.

 Y la ciudad del pecado y la oscuridad quedó atrás, como una pesadilla.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Cuidado con donde se sienta, sr Faraday



Entre las varias anécdotas que se conocen del eminente físico británico Michael Faraday, hay una que apareció publicada originalmente en las notas biográficas que el “Preceedings of the Royal Society” le dedicó, y cuya veracidad parece fuera de toda duda puesto que fue el propio Faraday quien se la relató a un colega en su correspondencia.

 Parecer ser que Faraday y el geólogo escocés Charles Lyell recibieron el encargo del gobierno británico de presentarse como comisionados en la investigación de una grave explosión sucedida en una mina de carbón ubicada en Haswell (condado de Durham, Inglaterra) en 1844, en la que murieron noventa hombres.

 Cuando llegaron allí, Faraday inspeccionó el lugar de los hechos con mucha atención y entre otras cosas, preguntó como se medían los niveles del flujo de corrientes de aire en la mina.

 Uno de los inspectores le respondío que se tomaba un puñadito de pólvora de una caja, como si fuera rape, y se dejaba caer a través de la llama de una vela. Otro inspector, ubicado a cierta distancia y equipado con un reloj, anotaba entonces el tiempo que tardaba en llegarle el olor a pólvora quemada.

 El método satisfizo a Faraday, pero recalcó que era importante manejar con mucho cuidado la pólvora, por lo que preguntó que dónde la guardaban.
 “En una bolsa, muy firmemente atada”, le respondieron.
 “Sí, de acuerdo, ¿pero dónde guardan la bolsa?” “Está usted sentado en ella”, le contestó el inspector de manera despreocupada.
 Aquella pobre gente, con ganas de agradar a los eminentes visitantes y careciendo como es lógico de sillas cómodas, decidieron que la bolsa de pólvora era el mejor sustituto para un cojín. Podemos adivinar la agilidad felina con la que Faraday se levantó de la silla en cuanto oyó la respuesta.

 La historia la leí en el blog de Nanette South Clark: An engineer aspect. Ella a su vez la encontró buceando por las hemerotecas de Utah en busca de anécdotas sobre científicos. Esta concretamente se publicó el 2 de mayo de 1898 en la página 5 de un periódico llamado “The Standard” (Ogden, Utah).

lunes, 17 de octubre de 2011

Computadora VS cerebro humano

Deep Blue, la potente serie de ordenadores centrales de IBM consiguió en 1997 derrotar al gran maestro de ajedrez Gary Kasparov. Deep Blue analizaba más de 200 millones de posibles jugadas por segundo (el cerebro de Kasparavo sólo evaluaba unas 5 jugadas por segundo). Pero Deep Blue consumía mucha energía y requería un dispositivo de disipación del calor para no arder. Kasparov, por su parte, apenas sudaba. Por esa razón, el cerebro humano es un modelo de rendimiento: la corteza consume menos energía que una bombilla. Además, es significativo que Deep Blue tenga que pensar millones de veces más deprisa que su adversario humano para poder vencerle; y por muy poco. La razón de este despilfarro de recursos es que los programas convencionales son muy rígidos, tal y como señala el psicólogo Jonah Leherer: La mayor parte de la inteligencia de Deep Blue derivaba de otros grandes maestros del ajedrez, cuya sabiduría había sido concienzudamente programada en la máquina. (Los programadores de IBM también estudiaron las anteriores partidas de Kasparov y crearon el software que permitiera sacar provecho de sus recurrentes errores estratégicos). Sin embargo, la máquina era incapaz de aprender. En lugar de ellos, tomaba decisiones prediciendo los probables resultados de varios millones de jugadas diferentes. El ordenador acababa ejecutando la jugada con el “valor previsto más elevado.


Para Deep Blue, el ajedrez era tan sólo una serie interminable de problemas matemáticos. Lo que ocurría en el cerebro de Kasparov es que, décadas de experiencia, lo habían perfeccionado para detectar patrones espaciales sutiles en el tablero. Kasparov no analizaba “todos” los movimientos posibles, tal y como hacía Deep Blue, sino que se concentraba en la evaluación de las alternativas estratégicas más útiles. Gerald Tesauro, programador informático de IBM, intentó crear una Inteligencia Artificial que funcionara de ese modo, basándose en el innovador trabajo de los científicos computacionales Rich Sutton y Andrew Barto. Para ello, escogió un juego de mesa que tuvo sus inicios en Mesopotamia, hacia el año 3000 a. C. Llamó al programa TD-Gammon (TD significa “diferencia temporal”). Deep Blue había sido preprogramado con perspicacia ajedrecística, pero el software de Tesauro empezó con un conocimiento absolutamente nulo. Al principio, sus jugadas de backgammon eran totalmente al azar. Perdía todas las partidas y cometía errores estúpidos. Pero el ordenador no fue novato durante mucho tiempo; TD-Gammon estaba diseñado para aprender de su propia experiencia. Día y noche, el software jugaba al backgammon contra sí mismo, asimilando con paciencia las jugadas más efectivas. Tras varios cientos de miles de partidas, TD-Gammon era capaz de derrotar a los mejores jugadores humanos del mundo. TD-Gammon, pues, era lo más parecido al cerebro de Kasparov. Ya no analizaba todas las partidas posibles, sino que generaba una serie de predicciones sobre cómo se desarrollará la partida, partiendo siempre de experiencias previas.


Este tipo de computación ha sido usada más tarde para resolver toda clase de problemas complejos, por ejemplo: programas núcleos de ascensores, o determinar horarios de vuelos. La distinción fundamental entre estos programas de aprendizaje de refuerzo y los enfoques tradicionales es que los nuevos programas encuentran las soluciones óptimas por sí mismos. Nadie le dice al ordenador cómo organizar los ascensores, sino que aprende metódicamente haciendo pruebas y fijándose en sus errores hasta que, al cabo de un cierto número de ensayos, los ascensores funcionan con la máxima eficiencia posible. Han desaparecido los errores aparentemente inevitables.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Las hormigas zombies


Dale la vuelta a alguna hoja en un bosque de Tailandia y podrías descubrir la tumba de una hormiga zombi. Las mentes de estos pobres insectos fueron conquistadas por un hongo parásito conocido por Ophiocordyceps unilateralis que obliga a las hormigas arborícolas (Camponotus leonardi) a descender cerca del suelo en busca de una hoja joven de la que poder alimentarse. El hongo conduce a las hormigas hacia hojas que se encuentran a tan solo 25 centímetros del suelo, tal y como informan los investigadores en la edición online del 23 de julio de la revista The American Naturalist. Comparado con el clima en los nidos de las hormigas, que se encuentran 20 metros por encima, en estas zonas bajas hay más humedad y la temperatura es más fresca, la clase de tiempo preferida por los hongos para crecer. Poco después del “descenso a los infiernos” la hormiga muere, pero su trabajo no ha terminado. De su cadáver brota entonces el tallo del hongo, que finalmente terminará liberando las esporas que crearán a más hormigas zombies.