sábado, 12 de enero de 2008

Descubren la clave para sobrevivir con bajos niveles de oxígeno


Reducir los niveles de una molécula sensora de oxígeno puede permitir que los músculos sobrevivan en situaciones en las que el oxígeno es escaso, según una nueva investigación de un equipo internacional de científicos.

Los descubrimientos podrían conducir al desarrollo de nuevos tratamientos para las enfermedades cardiovasculares y a mejorar la conservación de órganos destinados a ser utilizados en los transplantes.

Los humanos y, de hecho, la mayoría de los organismos multicelulares dependen del oxígeno para convertir las grasas y los azúcares en energía. Sin embargo, muchos animales son capaces de sobrevivir en ambientes donde los niveles de oxígeno son extremadamente bajos. Entre ellos figuran los pájaros que vuelan a altas altitudes, así como los animales que viven bajo tierra y aquellos que viven sumergidos durante períodos largos. Los animales que hibernan o pasan períodos similares de letargo también han desarrollado estrategias para conservar oxígeno.


Fundamental para estas estrategias es una reducción drástica en el consumo de oxígeno, en muchos casos una reducción de hasta diez veces. «Sorprendentemente poco se sabe, sin embargo, sobre los mecanismos moleculares subyacentes a estas adaptaciones», apuntan los científicos en su artículo, publicado en línea por la revista Nature Genetics.

Los científicos, dirigidos por investigadores del Instituto de Biotecnología de Flandes (VIB), estudiaron la función de una molécula sensora de oxígeno llamada Phd1. Esta molécula actúa como un «contador de oxígeno» y cumple una importante función al adaptar el metabolismo del cuerpo durante el paso de un ambiente rico en oxígeno a un ambiente pobre en oxígeno.

Los investigadores crearon ratones que no eran capaces de producir Phd1 y les bloquearon una arteria, bloqueándoles, de ese modo, la circulación de oxígeno al músculo. Para sorpresa de los científicos, esta acción no supuso la muerte del músculo, a pesar de que éste había recibido muy poco oxígeno para sobrevivir en condiciones normales.

Investigaciones posteriores revelaron que, en los ratones que carecían de Phd1, el tejido se había «reprogramado» a sí mismo a un estado metabólico que usa menos oxígeno y, de ese modo, permitía que el músculo siguiera funcionando en un medio con poco oxígeno. «Nuestro estudio genético muestra que la molécula Phd1, que actúa como sensor de oxígeno, controla este cambio en el músculo esquelético in vivo y, al realizar esto, determina la tolerancia a la hipoxia», explican los científicos.

En otro experimento, los investigadores trataron brevemente a ratones sanos con un bloqueador de Phd1 y obtuvieron el mismo resultado.

Según los científicos, los descubrimientos tienen implicaciones para una serie de aplicaciones médicas. Por ejemplo, en un ataque cardíaco, el músculo del corazón padece una falta de oxígeno cuando los vasos sanguíneos que le proporcionan el oxígeno son bloqueados. En estos momentos, los científicos pueden observar si el uso de moléculas Phd1 bloqueadoras podría proteger al corazón del daño causado por un ataque cardíaco. Los tratamientos también podrían desarrollarse para tratar derrames cerebrales, y los cirujanos que llevan a cabo operaciones podrían interrumpir sin peligro el suministro de oxígeno a los órganos durante un período de tiempo más largo.

La posible función de la Phd1 en mantener los estados similares a la hibernación lleva a los investigadores a especular que la molécula también podría utlizarse para «hibernar» órganos que se usarían en los transplantes. Actualmente, una falta de oxígeno prolongada supone un problema importante para los doctores que buscan el modo de garantizar que los órganos sigan siendo viables.

Cordis

miércoles, 9 de enero de 2008

Proponen construir islas artificiales que extraigan energía de los mares


ntre el retruécano y la paradoja, la solución al calentamiento global podría brotar de las tórridas aguas del Trópico si cuaja el proyecto futurista de Alex y Dominic Michaelis. Se trata de crear una especie de islas energéticas, centrales dedicadas a la producción de electricidad en medio del océano.

El sistema es sencillo: aprovechar la diferencia de temperatura entre el agua de la superficie marina –que en algunos lugares alcanza los 29º- y la de las profundidades –alrededor de 5º- para crear un ciclo virtuoso que haga brotar energía del fondo del mar casi literalmente.

El sistema lo han bautizado sus creadores como OTEC y es como una nevera pero al revés. Funciona en dos versiones. La primera es un ciclo cerrado y consiste en usar el aguar caliente de la superficie para calentar amoniaco, un material que hierve a una temperatura muy baja. El vapor del amoniaco mueve una turbina que produce electricidad y baja a las profundidades, donde se enfría al contacto con el agua, recupera su estado líquido y todo vuelve a empezar.

La segunda versión del hallazgo es todavía más jugosa pues añade a la primera el beneficio de producir agua desalada. El agua caliente se introduce en una cámara de evaporación, desde la cual pasa a mover la turbina y baja a las profundidades sin sal y lista para el consumo humano.

Por si fuera poco, utilizando las propiedades 'mágicas' de la electrólisis, podría producir combustible de hidrógeno, poco útil por el momento pero saludado por muchos como la materia prima energética del futuro.

Hasta aquí lo más novedoso de la isla, pero en este proyecto, como en el cerdo, se aprovecha todo. Habrá paneles solares para aprovechar el buen tiempo y molinos de viento para succionar la brisa. Incluso turbinas subacuáticas para sumar a la producción energética de la isla la nada desdeñable fuerza de las mareas.

El resultado de esta suma de esfuerzos es una central eléctrica que produciría unos 250 megawatios. La isla sería completamente autosuficiente y podría expender de rebote 300 millones de litros de agua potable todos los días.

Candidato al premio 'Virgin Earth'

Según los autores del proyecto, serían necesarias 50.000 islas de esta naturaleza para satisfacer las actuales necesidades energéticas. "Si consideramos que hoy estamos luchando para encontrara una nueva forma limpia de energía", ha dicho en 'The Guardian' Alex Michaelis, "miremos a la II Guerra Mundial como ejemplo. Entonces se construyeron 20.300 Spitfires, así que 50.000 plantas de este tipo es un número razonable".

El proyecto presenta su candidatura al galardón 'Virgin Earth', que el magnate británico Richard Branson ha lanzado para premiar la iniciativa más importante contra el calentamiento global. El reconocimiento tiene una cuantía de 25 millones de dólares, unos 16 millones de euros, y en el jurado se hallan científicos de prestigio como James Lovelock.

En realidad, la idea de utilizar la diferencia de temperatura de las aguas tropicales para crear energía no es nueva. Probó suerte con ella el inventor francés Georges Claude en la bahía cubana de Matanzas, pero fracasó. Se le rompieron dos tuberías y apenas produjo 22.000 watios.

La experiencia confirmó que sus cálculos funcionaban, pero la tecnología no era lo suficientemente avanzada para que dieran fruto. Unos años después, encontró en Brasil una nueva utilidad para su nuevo invento: la producción de hielo, un objeto de lujo en aquella época y en aquellas latitudes, pero el barco en el que hacía el agosto fue dañado por una tormenta y Claude nunca retomó su sueño.

Precisamente, Brasil es uno de los países con mayor potencial para llevar a cabo nuevo proyecto. Los otros dos son China e India. Los tres están situados en el cinturón tropical, donde podrían instalarse las islas, y los tres tienen en común que son los países donde más se disparará el consumo energético en los próximos años.

martes, 8 de enero de 2008

Los insectos acabaron con los dinosaurios


Dos paleontólogos estadounidenses acaban de ofrecer una novedosa explicación a la desaparición de los dinosaurios. Los culpables fueron los diminutos insectos, que no sólo transmitieron graves enfermedades a los gigantescos saurópodos, sino que produjeron tal cambio en el medio ambiente que les dejaron sin su alimento.

Esta teoría es la que defienden la pareja George y Roberta Poinar en su último libro, titulado 'Qué sacó de quicio a los dinosaurios? Insectos, enfermedades y muerte en el Cretácico'. Ambos paleontólogos, de la Universidad de Oregón (EEUU) son especialistas en el estudio de los insectos atrapados en el ámbar hace millones de años y conservados en perfectas condiciones.

Algunos de ellos incluso conservan la sangre que extrajeron a los animales que picaron, así como los microorganismos que causan algunas enfermedades letales y que transmitían con las picaduras. Entre otros, han encontrado el patógeno que causa la leishmania, un mal que hoy en día también afecta a reptiles y humanos, y el parásito de la malaria, que infecta a las lagartijas.

Los Poinar argumentan en su libro que esos insectos pudieron contribuir a la desaparición de los dinosaurios, no cómo causa única, pero sí como un factor coadyuvante de su total extinción del planeta. De hecho, en las heces de los saurópodos descubrieron restos de nematodos y protozoos que pudieron haber causado su muerte por disentería y otros problemas de salud.

Cambio de vegetación

Además, en la última etapa del Cretácico, hace unos 80 millones de años, cuando comenzaron a desaparecer, George y Roberta Poinar argumentan que el planeta estaba cubierto de áreas tropicales y repleto de insectos que ayudaron a la expansión de las plantas con flores, en detrimento de las plantas gimnospermas, las hierbas, que suponían el alimento fundamental para los dinosaurios vegetarianos, la inmensa mayoría.

Enfermedades y escasez de comida consideran que son los dos factores que contribuyeron a la lenta desaparición de los gigantes, más que un único acontecimiento catastrófico, como es la explicación de la caída de un gigantesco meteorito en la península de Yucatán (México).

«Hay serios problemas con las teorías que hablan de impactos súbitos en la extinción de los dinosaurios, y uno de ellos es que su declinación fue a lo largo de un periodo de cientos de miles o incluso millones de años», señalaba George Poinar en declaraciones al portal 'ScienceDaly'.

«No podemos asegurar que los insectos y la propagación de enfermedades sea la única causa de la extinción, pero por nuestras investigaciones creemos que tuvieron una gran participación en esta extinción y un tremendo impacto en la ecología de la Tierra, causando la desaparición de otros organismos terrestres», aseguran en su libro.


ElMundo

Todos los ojos azules proceden de una única persona



El marrón es el color original de los ojos en los humanos y la mayoría de los habitantes del mundo los tienen de este color. Pero también hay personas que tienen los ojos azules y un investigador danés ha descubierto que esto se debe a una mutación genética, ocurrida en una sola y única persona, y que ha pasado a las siguientes generaciones.

Hans Eiberg, profesor del Instituto Pamun de la Universidad de Copenhague, descubrió que la mutación es la que bloquea la producción de la melanina, el pigmento que produce el color marrón de los ojos. Lo más curioso es que «esta mutación ocurrió una sola vez en toda la historia de la humanidad» asegura Eiberg, cuyo hallazgo publica esta semana la revista científica Human Genetics.
Un caso único en la evolución humana.
«Hemos analizado el ADN de turcos, israelitas y asiáticos que tienen la piel oscura pero los ojos azules. Todos tienen la misma secuencia en una parte del ADN donde, por el contrario, las personas que tienen los ojos marrones tienen variaciones. Asi que todos los que tienen los ojos azules tienen un único y mismo antecesor» afirma Eiberg

El científico señala también que esta mutación ocurrió hace unos 6.000 o 10.000 años y subraya que la evolución de los individuos con ojos azules ha ido muy bien. «Una mutación en una sola persona se ha convertido en 300 millones de copias en 150 millones de personas. Tiene que ser algo relacionado con la selección sexual positiva de los que tienen ojos azules» explica Eiberg en el diario danés Jyllands Posten.
Interruptor genético.
El color azul de los ojos de algunas personas había sido siempre un misterio para los científicos. Sin embargo, en 1996, Hans Eiberg descubrió un cromosoma que apuntaba hacia el OCA2, el gen que decide el color de los ojos en las personas. Este descubrimiento fue muy importante porque todos pensaban que el color se debía a un juego de combinaciones de varios genes. «Conocer lo que decidía el color de los ojos se consideraba algo muy complejo y casi imposible de saber» dijo Eiberg.

El científico decidió continuar su investigación en base a la teoría de que la causa era una mutación del OCA2. «Ya empezaba a ser viejo así que quería solucionar el misterio cuanto antes» dijo al diario danés. Asi que, tras examinar las secuencias del ADN de 157 personas que tenían los ojos azules, Eiberg consiguió identificar un gen vecino, uno de los llamados «interruptores» genéticos, que activa o desactiva el OCA2, el gen que decide el color que tendrá el iris. «Era como buscar a ciegas porque no es algo que se encuentra cada día» dijo el profesor.

El proceso se podría resumir en lo siguiente: El gen OCA2 decide el color de los ojos, pero es un gen vecino, el llamado «interruptor», el que regula la ctividad del OCA2. Si el interruptor está cerrado, se bloquea la actividad del OCA2 en la síntesis de melanina y los ojos serán azules. Pero si el interruptor está abierto, se activa el OCA2 y las células del iris generan el pigmento que dará a los ojos el color marrón tan habitual en los humanos.

Fuente: www.jmnoticias.com