jueves, 27 de enero de 2011

Pramipexolo: Ludópata por un fármaco


Ha gastado una fortuna un hombre de Carrara, Italia que ha elegido de irse en juicio contra el hospital que le prescribió tomar Pramipaxolo contra el Parkinson. Este fármaco parece tener efectos secundarios que instigan al juego de azar.
Se trata de un hombre de cincuenta y seis años de Carrara, en tratamiento con el Pramipexolo, un fármaco utilizado como terapia farmacologica para la enfermedad del Parkinson.

El hombre se ha convertido en un jugador de video póquer y rasca y gana compulsivo. Podría ser el Pramipexolo quien ha desencadenado esta insana pasión por el juego de azar.

Perdió al juego unos 300.000€. Está acusando al hospital local que le recetó un fármaco sin tener en cuenta los efectos secundarios. Según el hombre, el fármaco que había sido establecido por los médicos para el tratamiento de la enfermedad tenía como contraindicación: podría causar una adicción a las máquinas tragamonedas, blackjack online, póker, juegos casino y las pérdidas ascienden a 300 miles de euros. Ahora el hombre va a reclamar daños y perjuicios. El medicamento que se prescribe es el Premipexolo que tiene, entre efectos secundarios, como se muestra en el prospecto, "Incluso los casos de hiperquinesia, sueños anormales, ludopatía, el síndrome del atracón, paradójico empeoramiento del síndrome de piernas inquietas, cambios en la libido.

De hecho, en casi tres años desde el final de 2005 a mayo 2008, este hombre ha perdido alrededor de 300 000 €, consumido por un versa obsesión por el juego. Era el sobrino suyo quien leyó las indicacines del fármaco y descubrió los efectos secundarios. Tras ello, este hombre contactó con abogados para tratar de recuperar cuanto se despilfarró en el juego.


Francesco Greco

miércoles, 19 de enero de 2011

La zanahoria no siempre ha sido naranja


La prueba más antigua que se conoce del uso de zanahorias por parte de humanos, en Afganistán, data del año 3.000 a. C. Aquellas zanahorias eran de color púrpura por fuera y amarillas por dentro. Más tarde, cuando los comerciantes árabes extendieron la semilla de zanahoria por Asia, África y Arabia, surgieron variedades condiferentes tonos de púrpura, blanco, amarillo, verdes e incluso negro.

La primera zanahoria naranja se produjo en el siglo XVI en Holanda, y fue conseguida deliberadamente mediante cruces y experimentos. La finalidad era que coincidiera con el color de la casa real holandesa de Orange.
En el siglo XVI, los holandeses eran los principales productores europeos de zanahorias, y todas las variedades modernas descienden de sus cuatro tipos de color naranja: la Early Half Long, la Late Half Long, la Scarlet y la Long Orange. Actualmente se ha puesto de moda volver a cultivar zanahorias de colores. Ya hay tiendas con zanahorias blancas, amarillas, roja oscura y púrpura, para hacer las ensaladas más divertidas. Aunque para añadir diversión, nada como el invento de los islandeses: en 1997 desarrollaron una zanahoria con sabor a chocolate dentro del programa Wacky Veg (Verduras chifladas), dirigido a la población infantil, pero fue retirada a los ocho meses de su lanzamiento.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La fuerza de la unión



Desde los organismos unicelulares hasta los más complejos vertebrados, todos los animales basan su supervivencia en el grupo, en la capacidad de unirse para vencer metas que a priori se presentan infranqueables. Pero ¿cuándo y por qué comenzaron a hacerlo y qué consiguen aún hoy con ello? Se lo contamos.

La muerte se olía en el viento. Los cambios de presión lo anunciaban con la claridad de lo inevitable. Pronto empezaría a nevar y el frío las mataba.

Venían desde Canadá, 3.000 kilómetros al norte, y apenas estaban a un paso de su meta final. Millones de mariposas monarca llegaban, exhaustas, a las sierras de Michoacán, donde los bosques de oyameles del Santuario de Monarcas de Angangueo las servirían de refugio para pasar el invierno. Los árboles las resguardarían de la lluvia, pero ¿cómo vencer el frío que ya empezaba a apoderarse del paisaje?

Guiadas por un código ancestral, todas las mariposas bajaron al unísono hacia los troncos y las ramas bajas de los oyameles. Parecía imposible que pudieran caber tantas en cada metro cuadrado de superficie. Se posaban unas al lado de otras con las alas cerradas, ordenadas, compactándose en un todo que cubría los árboles como una funda. Era el único modo de vencer al gélido enemigo. La falta de espacio entre los cuerpos conservaba su calor. La unión de las mariposas aseguraba su supervivencia.

Muchos animales adquirieron la capacidad de obtener ventajas gracias al grupo en el largo camino de la evolución. Desde los organismos unicelulares hasta los más complejos vertebrados, todas las clases de animales cuentan con especies cuya supervivencia se basa en el grupo, en la manada, en la capacidad de unirse para vencer metas que a priori parecían insuperables.

Las razones para unirse son fundamentalmente cuatro: para buscar lugares con un clima propicio, para alimentarse, para reproducirse y para buscar seguridad y protección. Las mayores concentraciones animales del mundo se mueven siguiendo una o más de estas razones. Las aves del hemisferio norte migran hacia la franja ecuatorial buscando calor y alimento en los meses de invierno. Los caribúes de Alaska huyen de los mosquitos del norte y aprovechan el número para aumentar sus posibilidades de supervivencia cuando los lobos árticos los atacan en manada, las mariposas monarca buscan el refugio de los bosques mexicanos para pasar el invierno y sobrevivir al frío. Los ñúes de Tanzania y Kenia se unen en una perpetua migración en pos de las lluvias y, por lo tanto, de la hierba que los alimenta. Los ejemplos son muy numerosos, pero las consecuencias de estas uniones van más allá de lo que pueda parecer a simple vista.

Cuando las grandes concentraciones de ñúes se empiezan a congregar en las sabanas de Serengueti, en Tanzania, los animales comienzan a formar larguísimas filas que se extienden por la sabana. El paso de más de un millón de estos herbívoros podría acabar fácilmente con el pasto que, a su vez, es su alimento, así que los ñúes aprendieron a moverse formando largas filas en las que los animales siguen las huellas del que va delante, minimizando el impacto sobre las hierbas del territorio.

La seguridad es quizá la más antigua y eficaz de las razones por las que los individuos de una determinada especie comenzaron a unirse. La unión, efectivamente, hace la fuerza, pero no siempre de una manera directa. Para muchas especies de peces, unirse en grandes bancos ofrece una doble ventaja. Por un lado, la masa de la colonia completa puede asustar a las aves que pescan desde el aire y se tiran en picado a por sus presas. Por otro, cuando un depredador ataca al bando, cada uno de los individuos tiene muchas más posibilidades de sobrevivir si reparte su suerte entre todos sus congéneres. Y en muchas ocasiones el depredador falla su ataque porque el movimiento anárquico de tantas presas juntas lo despista unos segundos a la hora de fijar un blanco; unos segundos que en la naturaleza suelen marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Los científicos están descubriendo que, cuando se producen estas uniones de millares e incluso millones de individuos, el grupo se mueve como un organismo individual capaz de buscar nuevos territorios más propicios o atacar para defenderse o alimentarse. Es la manera que tiene la naturaleza de proteger a los más débiles. Quizá, como en tantas otras ocasiones, no estaría mal que volviéramos la vista hacia ella y aprendiéramos que es en la unión donde se encuentran las ventajas y fortalezas.

martes, 16 de noviembre de 2010

Los hongos más raros del bosque


No son animales, pero tampoco plantas. Los hongos son seres vivos que tienen reino propio: el Fungi, al margen del Reino Vegetal, ya que sus paredes celulares están compuestas de quitina (la misma del esqueleto de los insectos), no de celulosa, como en las plantas. Viven en hábitats muy diversos: de la cerveza que bebemos, el pan y el queso que comemos al bosque más exótico, por no hablar ya de los hongos utilizados en farmacia como antibióticos. Unos y otros colonizan cualquier rincón del planeta y mejoran nuestra vida, haciéndola más fácil desde un saludable círculo «vicioso» que equilibra el medio ambiente. Los hongos intervienen directamente en la descomposición de los vegetales del bosque y en el crecimiento de las plantas, asociándose con éstas en simbiosis. Dan así alimento a los animales que allí habitan y acaban regalándonos a los humanos auténticas delicatesen como las tan apreciadas Morchellas, los Boletus o las trufas.
Pero las setas son más que el fruto de los hongos, son un espectáculo visual. Suelen ser fugaces, efímeras: nacen y mueren en periodos de pocas horas. Descubrirlas en su máximo esplendor es, por ello, complicado: deben darse antes unas condiciones determinadas que posibiliten su aparición. Un poco de viento, un cambio en la temperatura o el paso de un animal pueden echarlas a perder desequilibrando sensiblemente la armonía del bosque, aunque no lo advirtamos. Muchas setas aparecen en condiciones ambientales de humedad y temperatura muy concretas, que no se repiten cada año, por lo que los micólogos se topan a veces con especies que no vuelven a encontrar en mucho tiempo o nunca. La aleación entre unas condiciones ambientales muy puntuales y los organismos vivos en torno a los que crecen -plantas, árboles, pajas, estiércol- determinan la variante de la seta, su especie. De ahí las casi infinitas posibles combinaciones entre el Reino Fungi y el Vegetal u Orgánico.
De hecho, existen unas 100.000 especies de hongos en todo el mundo, 3.000 de las cuales crecen en España, el país con mayor biodiversidad de Europa y uno de los que tiene más variedad de setas. De ellas, sólo 50 tienen valor culinario y 15 pueden considerarse delicatessen, aunque casi todas son comestibles. Pero son las sabrosas, las que generan un mayor negocio (Castilla y León produce 17.500 toneladas de setas comestibles, que mueven 54 millones de euros). En cuanto a la «literatura» sobre su potencial venenoso, tan sólo media docena de las setas de nuestro país son mortales, ranking encabezado por la Amanita phalloides, que puede provocar la muerte tras diez días de agonía. El 90 por ciento de las intoxicaciones se debe a la Entoloma lividum, que no es mortal. Con todo, España e Italia son los dos países europeos con más intoxicados. Y, para los amantes de los récords, el mayor ejemplar encontrado en España es una seta de 25 kilos y casi dos metros de diámetro, descubierta en San Pedro de Requejo (Cantabria) en 1990. Pero los hongos que nos ocupan están en el otro extremo, son minúsculos, frágiles... Requieren paciencia y conocimiento para encontrarlos. Al necesitar condiciones de humedad y temperatura muy exclusivas, las regiones con más variedad son las de más precipitaciones: Aragón, Asturias, Castilla y León, Cataluña, Galicia, Navarra y País Vasco, pero también se hallan en Extremadura y algunas provincias andaluzas. Los bosques en los que podemos encontrarlas son los hayedos, robledales, abedulares, alcornocales, castañares, bosques mixtos de frondosas y mediterráneos húmedos. Sólo hay que adentrarse, detenerse, mirar con paciencia y disfrutar de este mundo casi «invisible».