viernes, 29 de abril de 2011

El sol para el mal humor



El sol es capaz de mejorar sustancialmente nuestro estado de ánimo, como si en los rayos solares viajara una pequeña dosis de Prozac. Algo que la sabiduría popular considera de perogrullo pero que la ciencia está confirmando.

La relación entre el sol y las emociones ha sido analizada por Matthew Keller y sus colegas del Virginia Institute for Psychiatric and Behavioral Genetics, cuyos resultados han sido publicados en Psychologic Sciencie del 2005 bajo el título de “A Warm Heart and Clear Head. Te contingent Effects of Weather on Mood and Cognition”.

El estudio sugiere que las personas tenían mejor humor y mejor memoria si el tiempo era caluroso, caracterizado por temperaturas y presión barométrica alta. Sin embargo, este efecto sólo se observaba si la persona había pasado más de 30 minutos en el exterior.

Si pasaba menos de media hora, entonces el humor no cambiaba.

Los rayos ultravioleta aumentan la producción de serotonina, asociada con la sensación de bienestar, la regulación del sueño, la temperatura del cuerpo y la conducta sexual. Una exposición moderada también beneficiará al sistema inmunitario, además de aportarle vitamina D.

La influencia de la luz es tan poderosa en los neurotransmisores cerebrales, que se recurre a ella en tratamientos para aliviar ciertos casos de obsesión, ansiedad, bulimia y, por supuesto, depresión. La técnica que la emplea se denomina lumino terapia, y consiste en aplicar luz blanca artificial a través de lámparas especiales con filtros ultravioleta o infrarrojos, de intensidad de 2500 lux (500 watts de potencia) al menos durante dos horas al día, un mínimo de dos semanas
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sábado, 16 de abril de 2011

La tartamudez


«El discurso del rey» ha dado protagonismo al problema de la tartamudez y al sufrimiento de quien la padece. Investigaciones recientes han arrojado luz sobre su origen neuronal y genético, pero aún quedan muchas incógnitas por resolver... Solo el tratamiento precoz de niños de entre dos y seis años ha demostrado cierta eficacia.


Tres tartamudos en un coche no es el planteamiento de un chiste, sino el comienzo de una historia de discriminación que sucedió hace aproximadamente un mes en una autopista de Barcelona. Los Mossos d´Esquadra detuvieron el coche para hacer un control de alcoholemia rutinario, que resultó negativo, pero les pareció tan sospechoso que aquellos tres jóvenes tuviesen dificultades para expresarse que se los llevaron a la comisaría convencidos de que estaban drogados y en pleno «cuelgue». A la Policía ni se le pasó por la cabeza que se tratara de tres personas con dificultades de comunicación. El error de los Mossos ilustra con claridad el desconocimiento generalizado de la población frente a un problema que padecen 800.000 españoles.


Adolfo Sánchez tiene 62 años, es tartamudo, preside la Fundación Española de la Tartamudez y dirige una empresa de construcción con más de 2000 empleados. Nunca ha sentido que su problema fuera un obstáculo para triunfar en la vida, pero, cuando percibió que su cuarto hijo mostraba los síntomas, comenzó a preocuparse. «Busqué información y me di cuenta de que en España no existía nada: ni investigación, ni apoyos, ni ayudas ni asociaciones..., nada. Así que decidimos crear la fundación, no un foro de Internet para que la gente llore y se queje, sino un grupo de acción para sensibilizar a la sociedad y que los tartamudos dejen de estar en la más absoluta indefensión sanitaria y jurídica.»


Su principal logro, hace siete años, fue la eliminación de la tartamudez como causa de exclusión en las oposiciones a la Administración del Estado, pero a nivel práctico lo más revolucionario para la vida cotidiana de las personas con tartamudez ha sido la creación de grupos de autoayuda que los han ayudado, como ellos dicen, «a salir del armario».


Ahora, el principal caballo de batalla de la fundación es el aspecto sanitario, ya que la terapia combinada de logopeda y psicólogo (entre 60 y 100 euros la sesión, dependiendo del especialista) no está incluida en la cartera de la Seguridad Social. Además, también han firmado un acuerdo con la Clínica Teknon de Barcelona para crear el CEAT (Centro de Estudios Avanzados para la Tartamudez), una manera de paliar la falta de investigación científica.


Actualmente, y a pesar de múltiples estudios, sigue sin conocerse la causa de la tartamudez. Algunas pruebas de imagen cerebral revelan anomalías anatómicas en personas que tartamudean y en investigaciones realizadas con niños se muestra una desproporción de las sustancias gris y blanca en áreas del cerebro asociadas al habla, la audición y el lenguaje. Los médicos están convencidos de que en el origen hay un componente neuronal y genético, pero sigue sin haber estudios concluyentes.


Se habla de factores de origen físico que predisponen, pero lo cierto es que los desencadenantes suelen ser factores de índole psicológica, aunque todavía muchos tartamudos huyan con recelo del psicólogo y esperen una pastilla que lo solucione todo mágicamente.


Hace cinco años, los experimentos con un fármaco llamado Pagoclone, que incrementa la labor de los receptores GABA (ácido gammaaminobutírico, neurotransmisores con efecto tranquilizante), demostró ciertos efectos apreciables contra la tartamudez que alimentaron las esperanzas de muchas personas afectadas. Sin embargo, en septiembre de 2010 el director del estudio, el doctor Gerald Maguire, de la Universidad de California, tartamudo, declaró que el Pagoclone no cumplía con las expectativas.


Muchos expertos coinciden en que el componente psicológico es indisociable de la tartamudez. Hay personas que son normofluidos en su trabajo, pero se atascan en su vida personal, o viceversa; otros que tartamudean en español, pero no en inglés, y la mayoría deja de tartamudear mientras canta (especialmente en un coro) o cuando interpreta un papel dramático en el teatro o el cine. El psicólogo Juan Cruz Cúneo cree que las causas de la disfemia son multifactoriales, «pero las cuestiones emocionales son piezas claves, detonantes de su aparición». También hace hincapié en la importancia de los padres. La angustia de los padres frente a la tartamudez de los hijos es clave. Desde hace unos años el método Lidcombe, desarrollado por el profesor Mark Onslow de la Universidad de Sídney, ha demostrado que en muchos casos son los padres quienes tienen la clave para ayudar a sus hijos a superar la disfemia.


La novedad de este método es que el papel del logopeda se centra en enseñar a los padres a llevar a cabo el tratamiento, sin interferir en el día a día del niño y teniendo en cuenta que cada caso y cada familia es diferente. Durante estas edades (de dos a seis años) el niño no es consciente de que tartamudea y no ve correcciones, tan solo un juego, y de ahí el éxito del tratamiento.


Sin embargo, no a todos los terapeutas les parece la panacea. Ana Civit, decana del Colegio de Logopedas de Cataluña, cree que no sirve para todos y que el método Lidcombe requiere de «unos candidatos especiales». «Yo lo aplico al 50 por ciento -dice la logopeda- porque hay papás que se estresan demasiado y es contraproducente.»


Según Ana Civit, el 55 por ciento de los niños que siguen un tratamiento precoz lo superan, «pero tienen épocas y a veces el tartamudeo vuelve, sobre todo en Navidad, porque la incertidumbre, la excitación de los regalos y el hecho de que no sigan la rutina escolar los desestabiliza. Con los niños a veces es posible, pero con los adultos lo más honesto que puede decir un terapeuta es que la tartamudez no se cura, se puede trabajar y se puede mejorar, pero no va a desaparecer para siempre».


«Hay que tartamudear a gusto y no sentir vergüenza», dice el autor de Antropología de la tartamudez, Cristóbal Loriente, que reivindica este rasgo del habla como una diversidad más, «como ser homosexual o ser zurdo». Loriente practica un discurso provocador y con ello hace lo mismo que El discurso del rey desde la emoción: darle visibilidad al tartamudo y a su sufrimiento. Algo nuevo en una sociedad que solo ha utilizado cinematográficamente al «tartaja» para la burla.


Por eso Adolfo Sánchez no pudo evitar el llanto la primera vez que fue a ver la película: «Me emocionó darme cuenta de que el público no solo la ve, sino que la escucha con un silencio sepulcral. Así que estoy muy agradecido, porque El discurso del rey ha hecho más en un mes y medio por naturalizar la tartamudez que la humanidad entera en 2000 años».

miércoles, 16 de marzo de 2011

El CO2 también se recicla!


Se capturará de la atmósfera y se enterrará en Burgos para generar energía. Una tonelada de CO2 en la superficie ocupa 509 m3 y equivale a 14.000 km de un coche o a 20 viajes de ida y vuelta en avión de Madrid a Barcelona. Enterrada a partir de los 1100 metros, la tonelada de CO2 pasa a ocupar solo 1,39 m3.



Almacenar el dióxido de carbono (CO2) bajo tierra y atenuar así el calentamiento es casi una realidad. La primera planta de investigación sobre almacenamiento subterráneo en Hontomín (Burgos) es uno de los seis proyectos europeos que buscan confirmar la viabilidad de generar electricidad con carbón limpio (capturando y almacenando CO2) y combatir el cambio climático. Para ello, el CO2 capturado en una planta piloto en Compostilla (León) será inyectado bajo tierra en Hontomín, en donde las tareas de investigación sobre el terreno avanzan a buen ritmo y cuya obra total estará concluida a finales de este año. El lugar elegido en Burgos es un subsuelo con aguas salobres (aguas que no se usan para abastecimiento) en la cuenca del Duero. El CO2 se inyectará en una formación de rocas calizas para ser almacenado a unos 1.400 metros de profundidad. El gas, sometido a presión, deberá alojarse en los poros de la roca caliza que, empapada de agua salobre, actuará como una esponja en la que el CO2 se disolverá y reaccionará con los minerales de la piedra para formar nuevas mineralizaciones y quedar allí confinado. Por encima, una capa geológica no porosa ni permeable garantizará el sellado, evitando que el CO2 salga a la superficie.

lunes, 21 de febrero de 2011

¿Vivirá este bebé 150 años?


La mitad de los bebés que han nacido hoy en España llegará a centenario. La nanobiotecnología y la ingeniería genética ya exploran caminos para que vivamos entre 130 y 150 años... y sin achaques. La revolución de la longevidad está en marcha. Y los investigadores están consiguiendo los primeros resultados; por los menos, en sus laboratorios. Pero ¿cuáles serán las consecuencias para el planeta de esta carrera contra el tiempo?



Vladimir Skulachev, decano de Bioingeniería en la Universidad Estatal de Moscú, dejó atónita a la comunidad científica en septiembre, cuando anunció que había descubierto poco menos que el elixir de la eterna juventud: una molécula antioxidante que frena en seco el envejecimiento de las células, que se venderá en las farmacias en 2016 y que por el mismo precio será capaz de curar el glaucoma, la artritis, la diabetes tipo II, algunos linfomas e incluso la calvicie. «El aire que respiramos nos va desgastando. La clave está en el oxígeno, necesario para transformar los alimentos en energía. Un porcentaje ínfimo se convierte en un agente tóxico -los radicales libres- capaz de penetrar la membrana celular y, con el tiempo, dañar las mitocondrias, nuestras turbinas. Las células tienen sus defensas, pero llega un momento en que se cansan de resistir y se hacen el «haraquiri».


Este suicidio se llama «apoptosis» y es una especie de obsolescencia programada, como la que limita la vida útil de los electrodomésticos. «Pero este programa de autodestrucción diseñado por la naturaleza puede ser desactivado si bloqueamos la oxidación celular. Los experimentos con animales son muy prometedores y ya hay miles de candidatos haciendo cola para los ensayos en humanos. Si mis teorías son correctas, el hombre podrá vivir diez veces más que ahora y alcanzar los 800 años de edad», asegura Skulachev.


¿Se le ha ido la cabeza tras 40 años de investigaciones? Quizá. Pero Skulachev no tiene aspecto de alquimista. Académico prestigioso, elogiado por el premio Nobel de Medicina Günter Blobel -lo considera «el mejor bioquímico del mundo»-, cuenta, además, con padrinos importantes: el presidente ruso, Dimitri Medvédev, y el millonario Oleg Deripaska, que ha aflojado 440 millones de euros para comercializar la panacea.


Desde siempre, el ser humano ha acariciado el sueño de ser inmortal. O, por lo menos, de estirar al máximo su estancia en el mundo. «La máquina humana está programada para una longevidad de 120 años», señala el oncólogo Roland Moreau. Solo hay constancia de una persona que haya superado esas «prestaciones de fábrica» (sin incluir a Matusalén): la francesa Jeanne Calment, que murió en 1997 a los 122 años. No obstante, somos cada vez más resistentes. Los niños que nacen hoy en España ya no tienen cheque bebé, pero uno de cada dos alcanzará los cien años. Y es que la esperanza de vida no ha dejado de aumentar. En nuestro país ha pasado de 34 años en 1900 a 81 en la actualidad (78 los hombres, 84 las mujeres).


Pero no nos conformamos. La mejora de la higiene y los avances de la medicina, la supresión del tabaco, el menor consumo de azúcar y grasas trans y el ejercicio físico, además de buenos genes, eran nuestro pasaporte a la longevidad. Ahora, la nanobiotecnología, la biología de síntesis y la ingeniería genética exploran caminos para que vivamos entre 130 y 150 años. Sin esfuerzo. No es la vida eterna, pero muchos firmarían. Y más teniendo en cuenta que el gran reto científico no es añadir años en bruto a nuestras biografías, sino que los vivamos con salud. Calidad antes que cantidad.


¿Qué influye más: el estilo de vida o la predisposición genética? Los gerontólogos discrepan. Se han realizado decenas de estudios a los abuelos de Okinawa (Japón) y Sardinia (Italia), dos lugares con una extraordinaria población de centenarios; muchos de ellos, activos y con una vitalidad envidiable. Los ancianos japoneses comen como pajaritos (unas 1.800 calorías, mucha fibra y poca sal), duermen bien, caminan mucho y son valorados por la comunidad y respetados por los jóvenes. Los italianos tienen un nivel de estrés muy bajo, se deprimen poco y casi todos cuidan de una huerta o jardín, lo que los obliga a agachar el lomo y mantenerse en forma. Los científicos calculaban por ello que los factores ambientales determinaban el 70 por ciento de nuestra esperanza de vida. «Puedes tener los genes de un Mercedes-Benz, pero si nunca le cambias el aceite, no durarás mucho», resume Bradley Willcox, uno de los investigadores de Okinawa.


Pero los últimos hallazgos anteponen la importancia de la herencia. El más reciente es una investigación de la Universidad de Boston que ha detectado 150 variantes genéticas -para entendernos, pedacitos de ADN- en el análisis de mil centenarios. Estos marcadores permiten identificar a aquellas personas que alcanzarán una senectud muy avanzada con un 77 por ciento de acierto.


Si el legado de nuestros padres no ayuda, la ciencia aspira a echarnos un capote. Se trabaja en varias direcciones para contrarrestar la desigualdad genética y convertir a cualquier hijo de vecino en un supercentenario potencial. Es una revolución que marcará las pautas de la investigación biomédica en las próximas décadas. Por un lado, la medicina regenerativa reparará órganos y tejidos mediante la inserción de células madre. Ya se hacen injertos de piel, de hueso de tendones, ¿por qué no cultivar neuronas para curar el párkinson o células beta pancreáticas para reactivar la producción de insulina? William Haseltine, pionero de estas terapias, asegura que será posible fabricar un hígado o un corazón a partir de células sintéticas, dotadas de un ADN optimizado a modo de garantía de calidad. Por otro, la producción de fármacos mediante ingeniería genética. Hacen falta unos 15 años para comercializar cada nuevo medicamento, aunque ya hay cientos en diversas fases de experimentación.

Resultan, asimismo, alentadoras las propiedades de una enzima llamada «telomerasa», cuyo estudio valió el premio Nobel de 2009. Se sabe que el número de veces que una célula puede dividirse está predeterminado y condiciona la esperanza de vida. Este número viene marcado por los telómeros, una especie de contador en los cromosomas. La telomerasa permite que la división celular continúe indefinidamente. El problema es que puede desencadenar tumores. Otras sustancias en estudio son el resveratrol, que se encuentra en el vino tinto y los cacahuetes, o la rapamicina, descubierta en el suelo de la isla de Pascua. En fin, por investigar, se investigan hasta las propiedades regeneradoras de animales como la salamandra.


La revolución de la longevidad presenta retos adicionales. ¿Puede nuestro planeta permitírsela? ¿Qué efectos tendrá en la economía, en el medio ambiente, en el consumo mundial de alimentos y de agua o en la factura de la sanidad cada año extra de vida que gane el ser humano? De momento, el retraso de la edad de jubilación que tanta polémica está generando en varios países europeos podría quedarse corto a la vuelta de unos años. ¿Qué pasará conforme aumente la esperanza de vida? De hecho, el Instituto Nacional de Estadística prevé que en 2948 los españoles vivirán de cuatro a cinco años más que ahora. ¿Nos jubilaremos entonces a los 65, a los 67, a los 70...? La preocupación no es nueva ni exclusiva de Europa. Trae de cabeza a Estados Unidos, Japón, Corea del Sur, China y Rusia. La revista Time vaticinó, nada menos que en 2002, que «estas tendencias demográficas podrían llevarnos a que vuelva la norma histórica -trabajar hasta caer muerto- y acabar con el experimento de las últimas décadas, la única vez en la historia que la gente sana ha dejado de trabajar en los últimos 20 o 30 años de sus vidas».


«El envejecimiento de los países desarrollados ya se podía predecir en los años 70. Era previsible que en 40 años habría demasiada gente mayor y se jubilarían con una pensión más baja que la generación anterior, pero ha cogido con el pie cambiado a casi todos los gobiernos de la Unión Europea, excepto al de Holanda, que destinó capital extra a su sistema de pensiones y ahora es estable», explica Brigitte Miksa, portavoz de la aseguradora Allianz. En 2010, el número de jóvenes que accedió al mercado laboral en la UE fue, por primera vez, menor que el de trabajadores que se retiraron, una tendencia que se irá agudizando con la jubilación de las sucesivas generaciones de baby boomers, los nacidos durante la explosión de natalidad entre 1950 y 1970.


Y está por ver que los años que vivamos de propina se disfruten con salud. Un estudio de la Universidad del Sur de California concluye que la tasa de vida saludable (sin enfermedades) de los americanos se ha reducido en un año en la última década. Traducción: se vive más, pero con más achaques. En nuestro país, el Ministerio de Sanidad señala que los seis años y seis meses que las españolas sobreviven de media a los hombres son un regalo envenenado. Sufren más dolores, enfermedades y depresiones que sus compañeros de asilo.


Con estas perspectivas, ¿quién quiere ser inmortal? La Fundación Matusalén destina un fondo de 3,8 millones de dólares para premiar a los científicos que consigan alargar la vida de las cobayas, con la esperanza de que esos avances sean más tarde aplicables al género humano.


«Hasta ahora la restricción de calorías es el más efectivo, y se descubrió hace 60 años», cuenta Marc Hellerstein, nutricionista de la Universidad de Berkeley. Sin embargo, ese método tiene pocos adeptos. Pasar hambre no resulta tentador. Quizá porque, más que vivir muchos años, lo que la mayoría quiere es disfrutar de la vida.